
por Joseba Sarrionandia
Los inmigrantes turcos prestan atención a las instrucciones de viaje a Alemania. (Jean Mohr)
Naiz/Resumen Latinoamericano, 19-08-2026.- Así como la economía de plantación colonial se basaba en la esclavitud, el desarrollo del capitalismo occidental se ha sostenido gracias a los trabajadores migrantes desde el siglo XIX. Se dice que la esclavitud fue abolida, pero ni la mano de obra desplazada ni la explotada han desaparecido.
La presencia de un gran número de trabajadores migrantes es una característica histórica de los tiempos modernos:
«Nunca antes tantas personas se habían visto desarraigadas. La emigración, forzada o voluntaria, a través de fronteras nacionales o de pueblo en pueblo a capital, es la experiencia que mejor define nuestra época…»
SÉPTIMO HOMBRE
El migrante no es una figura histórica marginal o transitoria. Es un agente real en la estructura socioeconómica global.
En 1975 se publicó en Nueva York un libro especial titulado» Un séptimo hombre: Trabajadores migrantes en Europa «, escrito por John Berger e ilustrado con fotografías de Jean Mohr. Se trata de un retrato de los inmigrantes que trabajaban en el norte de Europa en aquella época.
El libro tenía un título extraño, «El séptimo hombre», que necesitaba explicación. Estaba tomado de un dicho del poeta húngaro Attila József:
«Si has nacido en este mundo
Será mejor que crees siete veces…
Porque nacerán seis hijos, cada uno a su manera, y digamos que tú eres el séptimo. Entre otros, el séptimo en casa, el séptimo en la escuela y el séptimo en la fábrica europea. En el poema de József, el destino social de este individuo desde el nacimiento hasta la muerte se describe estrofa tras estrofa, y la idea es que esta séptima persona se encuentra, entre otras cosas, en el centro del sufrimiento del mundo, y también en el centro de la construcción del mundo.
Se trata de un informe sobre la vida de los inmigrantes en la Europa industrial tras la Segunda Guerra Mundial. Estas personas solían ser ignoradas en la vida cotidiana, una presencia secundaria y marginal en el espacio público, ocultas tras las cifras macroeconómicas. En este libro, se les da visibilidad de forma muy ilustrada. Berger y Mohr, combinando periodismo y fotografía, estadísticas y testimonios, sociología y poesía, prestaron especial atención a los inmigrantes necesitados en la Europa desarrollada alrededor de 1973.
Los autores del libro han envejecido y desaparecido, cada país europeo se ha desarrollado y el mundo entero ha cambiado globalmente. Las nuevas tecnologías impulsan al planeta hacia una civilización y un estilo de vida diferentes. Sin embargo, 51 años después de su publicación, «El séptimo hombre» sigue siendo tan claro y conmovedor como cuando se escribió. La inmigración laboral no es una anomalía ni una excepción, sino un fenómeno que trasciende espacios geográficos y épocas históricas.

Joven campesina trabajando en el campo. (Jean Mohr)
EL CRECIMIENTO DEL CAPITALISMO MODERNO
El emigrante llora, pero nadie presta atención a sus lágrimas ni a su esfuerzo. Incluso en sus peores momentos, tienen más ventajas aquí que en su país de origen. Trabajan arduamente, pero la sociedad no percibe su trabajo ni sus necesidades. Esta falta de visibilidad de la fuerza laboral resulta paradójica, puesto que constituye el pilar de la economía. John Berger y Jean Mohr, además de mostrar las condiciones laborales y la vida personal de estos trabajadores migrantes que no aparecen en los libros de historia, plantean algunas verdades profundas en forma de preguntas:
¿Qué está pasando en Europa? ¿Por qué se dejan los trabajos precarios y mal pagados en Europa a los trabajadores extranjeros? El sistema socioeconómico europeo necesita trabajadores inmigrantes para crecer, sobrevivir e incluso evitar el colapso. La revista financiera estadounidense «Fortune» afirmó en 1973 que la inmigración era una necesidad para la economía europea. Lo mismo se repite hoy en los medios de comunicación. En otras palabras, sin rodeos: la prosperidad de Europa Occidental se basa en la explotación de los trabajadores inmigrantes. Se les consideraba un recurso temporal, pero son indispensables. Entonces, y aún hoy, los inmigrantes son una necesidad permanente.
¿Qué le sucede al emigrante? ¿Por qué abandona su hogar, por qué se dirige a la ciudad (cercana o lejana) para afrontar situaciones imprevistas? El emigrante suele provenir de sociedades desorganizadas y empobrecidas. Abandonar su tierra natal es la resistencia de quien vive involuntariamente. La pobreza y la desesperación, la falta de dignidad y el coraje impulsan a esta persona a dejar su patria. El subdesarrollo y la necesidad de superación.
La ruta migratoria del subdesarrollo al desarrollo puede describirse en tres períodos: partida, trabajo y regreso. En el punto de partida hay una llamada, la llamada de la ciudad. Si la novela de Jack London, «La llamada de lo salvaje», fue traducida por Josu Zabaleta como «The Call of Wild», lo que el emigrante escucha es «la llamada de la vida urbana».
«Oye hablar de la metrópolis todos los días. El nombre de la ciudad cambia. Todas las ciudades son, una encima de la otra, esa ciudad que no es más que promesas que se extienden constantemente. Las promesas no se difunden de una sola manera. Están implícitas en las palabras de quienes ya han estado en la ciudad…»
De sur a norte, de zonas rurales a ciudades capitalistas industriales, viajan los turcos, argelinos, portugueses, españoles, italianos o yugoslavos. Sus países de destino son Francia o Suiza, Holanda o Alemania. De tierras baldías con sistemas socioeconómicos subdesarrollados a la metrópolis, los extremeños a Bruselas, los anatolios a Berlín…
El atractivo de la vida urbana es principalmente visual: retratos, revistas, pantallas. Autos, autopistas, turistas, ropa de moda, radio, autobuses turísticos, calendarios de bancos, relojes de pulsera, trenes, televisión, aviones surcando el cielo… ¡Ven a la ciudad!, te llama el mundo.
«Solo visitando esa ciudad se puede comprender el significado de todas estas promesas. Todas las ciudades comparten la misma característica: la apertura…»

Midiendo la estatura de un trabajador turco en Estambul; no superó la prueba por ser demasiado bajo. (Jean Mohr)
MIGRANTE COMO DEPORTADO
La emigración no se produce necesariamente de Anatolia a Berlín, ni de Bosnia a Londres, ni de Cabilia a Ámsterdam. Ocurre principalmente dentro de cada Estado, en Francia, España y en todas partes.
Por ejemplo, en Francia, Jean-Pierre Rousseu, vasco nacido en 1941, dejó su hogar en Latxikana, el valle que siempre había conocido, y con gran tristeza se fue a París (con el sol sonriendo en el cielo). Allí cantaría en euskera:
« Abandoné mi lugar de nacimiento con gran tristeza.»
Mis veinte años han terminado,
Cuando la vida está en juego, gana de forma segura.
Me he adentrado por completo en la gran ciudad de París »
Pensaba que no se perdería en las calles de París, pues sentía una fuerte conexión con lo que había dejado atrás. Su patria no estaba lejos, pues la llevaba en el corazón, en la memoria. Ningún emigrante puede olvidar su país, o lo que considera su país.
Mientras los vascos se trasladaban de Eskiule a París o de Aulesti a Boise, miles de inmigrantes llegaban al País Vasco. La primera oleada migratoria se produjo después de 1880, cuando miles de trabajadores de los alrededores y de la España rural llegaron a las minas e industrias de la margen izquierda de Bilbao. En las décadas de 1950 y 1960, volvieron a llegar multitudes procedentes de las empobrecidas provincias españolas a las fábricas de Bizkaia, Gipuzkoa, Álava y Navarra. En el siglo XXI, el panorama migratorio ha cambiado de nuevo con la llegada de personas procedentes de África y Latinoamérica.
Jon Maia narra la historia de un jornalero español de segunda generación en su novela «Riomundo». Bajo el yugo de los terratenientes, temeroso de la guardia civil, sin pan ni paz en la Castilla y Extremadura de la posguerra. Huyendo hacia el norte, llega al verde valle vasco entre las montañas, donde encuentra trabajo en una fábrica con humo que se eleva de la chimenea. El orgullo de recibir un sueldo fijo, la lluvia, gente que habla otro idioma. Por otro lado, Amets Arzallus ha escrito una hermosa crónica de la dura aventura migratoria desde África a la tercera generación: «Miñán». De una manera cruda, íntima y conmovedora, el guineano Ibrahima Balde ha plasmado el viaje que emprendió siguiendo los pasos de su hermano menor.
Algunos migrantes pueden soñar con un futuro lleno de oportunidades al dejar su hogar y dirigirse a la gran ciudad. Sin embargo, la emigración es una experiencia difícil para la mayoría. Se ven obligados a marcharse porque no pueden vivir con dignidad en su lugar de origen.
La mayoría son emigrantes, exiliados. Cuando se presentó la novela “Riomundo”, me vino a la mente una frase de Bertolt Brecht:
«Quienes, contra su voluntad, obligados por las circunstancias, deben abandonar a su gente, a su familia, a su hogar, no son migrantes, sino exiliados.»
Para los exiliados, el nuevo lugar de residencia no es solo un sitio para disfrutar de la cuajada. Están allí para satisfacer necesidades que los lugareños no cubren. Y soñarán con regresar a su lugar de origen de vez en cuando, alimentarán la esperanza de reconstruir sus vidas en mejores condiciones en su tierra natal, con la tristeza de saber que esa conversión jamás se hará realidad.
¿Para qué plantar un árbol aquí? Cuando alcances la cima de la prosperidad, ya no estarás aquí. Bájate la visera hasta los ojos al pasar junto a la gente; no eres de aquí. ¿Para qué aprender la gramática del idioma local? Las noticias que te llamarán a casa llegarán en un idioma que conoces.
JOHN BERGER: FORMAS DE VER
Se dice que el arte salvó al joven John Berger de la desesperación cuando estuvo confinado en un internado violento durante la guerra. Desde entonces, intentó compartir la gracia del arte con los demás. Pintor de vocación y formación, se convirtió en activista en la década de 1950, cuando las emergencias políticas lo llevaron a dedicar su vida a la pintura. Tituló un libro «Hacia la realidad: Ensayos sobre la visión» (1962), indicando que uno debe vivir con los ojos abiertos, con puro realismo, y participar en las luchas de este mundo. Sin partido, pero al servicio del pueblo, John Berger usó la máquina de escribir en lugar del pincel con la pasión de un monje que no necesita iglesia ni orden religiosa.

Control de pasaportes en la frontera de Ginebra. (Jean Mohr)
Escribió novelas, poemas y ensayos. Cada libro tiene su propia genealogía, y este, «El séptimo hombre», también se relaciona con otros. Por ejemplo, con el reportaje sobre los recolectores de algodón en Alabama durante el verano de 1936, realizado por el escritor James Agee y el fotógrafo Walker Evans tras la Gran Depresión: «Alabemos ahora a los hombres famosos» (1941). En su edición en español se titula «Algodoneros».
Tras escribir «El séptimo hombre», John Berger no quiso desempeñar el papel de intelectual ilustre en Londres o París, y se trasladó a un pequeño pueblo de Alta Saboya para seguir reflexionando y escribiendo sobre «el eterno misterio del gran arte y la experiencia de los oprimidos». Después de estudiar la explotación de los trabajadores industriales, quiso investigar el fin del mundo tradicional campesino. La agricultura europea se encontraba en sus últimas etapas, como estructura socioeconómica, como forma de vida y cultura, en un punto de no retorno. De ahí surgió una serie de novelas sobre la vida campesina: la trilogía «En sus labores» (1991), entre otras.
Existen distintas maneras de ver las cosas, y la mirada de Berge se caracterizaba por un humanismo radical que le permitía comprender a quienes vivían con la mirada fija en la tierra. Sin caer en el odio ni la desesperación, irradiaba amor por los oprimidos. Un amor que sentía por los oprimidos de aquí y de allá: viajó a México con el subcomandante Marcos, a Estambul con disidentes turcos y a Palestina para protestar contra la ocupación.
DESPOTISMO ECONÓMICO Y POLÍTICO
El sistema socioeconómico europeo, para crecer y evitar el colapso, necesita la inmigración laboral. Esta empuja a la mano de obra del campo a la ciudad y de las regiones pobres a los centros urbanos ricos. La tesis se puede concluir de la siguiente manera: el capitalismo moderno, para sostener su crecimiento continuo, ya ha eliminado su mundo rural y debe destruir espacios enteros: el Medio Oriente musulmán, África, América Latina…
Como dijo Ernest Mandel, el capitalismo aplica las leyes del «desarrollo combinado y desigual» de forma imperialista y nacionalista. Así, hablar de desarrollo es hablar de subdesarrollo, aunque esta contradicción permanezca oculta. No hay que olvidar que los promotores del desarrollo suelen ser los peores promotores del subdesarrollo, del mismo modo que los pacificadores suelen ser los mayores belicistas.

Un vendedor de alfombras turco en Alemania, de pie junto a unos barracones para trabajadores turcos, al borde de la carretera, vendiendo sus productos típicos. (Jean Mohr)
Quienes hablan de crecimiento económico, tema central de todos los políticos, proponen, explícita o implícitamente, más explotación y más guerra. Y más pobreza, en el sentido moderno del término. Porque la pobreza de hoy es diferente: no es un «signo de escasez», como lo era la pobreza del pasado, sino un sistema de normas impuesto a la población por la oligarquía gobernante; un «signo de prosperidad», en otras palabras.
Se considera un signo de prosperidad y modernidad, por ejemplo, no tener raíces, vivir atrapado en una red, rechazar la propia lengua (si es colateral) y desconocer la propia historia (debido a la amnesia de las experiencias previas de esa sociedad). Este sistema secuestra a las personas, privándolas de su futuro y de su pasado, como si fueran desechables, como una botella de refresco de plástico. La esclavitud también se organiza de esta manera: las personas eran arrancadas de su mundo y los secuestradores las utilizaban para su propio beneficio, obligándolas a trabajar…
Así como la esclavitud se consideraba un acto de beneficencia, la depredación económica, el desarraigo cultural y la destrucción ecológica ahora se consideran desarrollo y lujo.
ÁLBUM FAMILIAR
En este contexto, este libro de John Berger y Jean Mohr es una especie de «álbum familiar», pues recoge las esperanzas y los temores, las frustraciones y los deseos de muchos de nuestros antepasados. Todos somos herederos de ellos, todas las familias y pueblos del mundo.
Nosotros, los vascos, también. Somos herederos de quienes descendieron de las granjas de montaña a las fábricas y de quienes emigraron de tierras lejanas. Los vascos no tenemos nada en contra de quienes vinieron a vivir desde España o Senegal, y los inmigrantes no tienen nada en contra de los locales. La «Teoría del Modelo» formulada por Mari Luz Esteban (en el marco de las «reformas cárnicas») es fundamental:
«Vinimos porque nosotros
«Estaremos allí porque ellos vendrán.»
La teoría modelo es la teoría vasca. Ni quienes tienen apellidos vascos ni quienes tienen apellidos españoles tienen nada en contra de los inmigrantes de hoy. Pero todos tenemos mucho en contra de los mecanismos de la oligarquía que nos hacen sentir como extraños incluso en nuestro propio país.

Portada del libro escrito por John Berger. (Catacram)
La oligarquía siempre ha intentado separar «dos comunidades» en el País Vasco: rechazando lo «colateral» en nombre de una lengua «universal» y negando una conciencia nacional que no sea la del Estado, sin reconocer el derecho de la sociedad a decidir. La mayor parte del mundo es la maquinaria de la oligarquía que subdesarrolla en nombre del desarrollo y empobrece a la gente con una supuesta “prosperidad”. Somos hijos de inmigrantes de una u otra índole, y esta arrogante oligarquía nos hace sentir como extraños en todo el mundo.


