Del “¿Y yo por qué?” a la cultura del “deber”

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 Planeteando

Francisco Vázquez Salazar

Las alertas por contingencias ambientales llegaron para quedarse en el Valle de México, y atrás de esto hay una larga historia que, como todas, tienen sus versiones “A” o “B”, depende de los datos con los que se cuente a la mano y el protagonista o interesado que lleve prioridad en la conversación.

Hay quien señala que desde los años 80 la contaminación del aire en esta región se había agudizado, y que incluso, comparados los números, paulatinamente han sido menos los días con índices elevados de contaminantes, derivado de las medidas graduales que se han ido implementando desde la década de los 90’s, asociadas al programa líder, que en este caso es el satanizado por muchos “Hoy no Circula”.

En este extremo, la postura del gobierno de la Ciudad de México es que justo porque se mide se sabe el problema que se enfrenta, se visibiliza, se dimensiona en su gravedad y se ataca con acciones que garantizan su mitigación o solución. Malo por los gobiernos de los alrededores, de los estados, ciudades o municipios que hacen la Megalópolis, donde la medición de la calidad del aire es insuficiente o inexistente, no hay verificación de automóviles o, de plano, se carece de medidas pro ambientales asociadas.

Por lo que significa y las características que tiene, como ser en primer orden restrictiva, la política pública del “Hoy no Circula” está en el centro del debate y lo que uno quiere es escuchar y verificar argumentos sensatos, validados en la razón y el sentido de ciudadanía con el que debemos de partir cuando se trata de un fenómeno que atañe a todos: nada menos que el aire que respiramos (ningún bien ha de ser tan sensiblemente compartido como este).

Pasa que son mayoría las expresiones de personas que se muestran molestas porque se aplica una contingencia ambiental que obliga a restringir la circulación vehicular y, dentro de ello, ya de manera particular, una prohibición tácita a usar el coche personal o familiar porque, ¡oh mala suerte!, porta la calcomanía a la que se le impide tal día transitar.

En redes sociales se han colgado épicos textos que insultan al Jefe de Gobierno por estas medidas. Hay manifestaciones virtuales que llaman a terminar con esta situación, con cosas tan personalizadas que van de la risa al ridículo, tal es el caso de llegar a suponer que hay un complot contra uno u otro color de los que portan los vehículos en sus calcomanías para impedirles circular.

Justo aquí entra en escena el filósofo francés Gilles Lipovetsky, quien destaca por sus textos dedicados a la posmodernidad social, el individualismo lacerante, el consumismo irrefrenable y todo lo que por ahí vaya.

En su libro “El crespúsculo del deber”, este pensador permite entender el tipo de reacciones de personas afectadas en sus intereses híperindividuales, vinculados a la seducción y al placer y en la misma proporción alejados del bienestar colectivo.

El sentido del “deber” y del sacrificio en aras del orden moral, la gobernabilidad y, sobre todo, para hacerse cargo de uno mismo es algo muy del pasado, sin referencia para la sociedad actual. La ética hoy día no alcanza para hacerse preguntas, reflexionar y discernir acerca de lo propio y lo común, de lo que más conviene a todos.

En los mensajes que se suben a redes sociales priman la ostentación, el culto al ocio, el éxito cortoplacista, la necesidad personal, la competencia que busca reflectores, la irracionalidad que se deriva de un sistema de derechos y valores donde el concepto de obligación quedó sepultado.

¿Tenemos un deber o una obligación con el medio ambiente, con la calidad del aire que todos respiramos? “No”, parecer ser la respuesta. “No está en mi sistema axiológico, que lo resuelva el gobierno que para eso pago impuestos, que otros lo hagan, yo no tengo por qué. Mi carro contamina mucho menos, comparado con el otro, el transporte pesado, la industria, etcétera”; o sea, que otros lo resuelvan.

Vaya, no queremos ver esta pregunta, propia de románticos, y preferimos condenar y buscar la manera de vernos afectados lo menos posible.

“El deber se escribía con mayúsculas, nosotros lo miniaturizamos; era sobrio, nosotros organizamos shows recreativos; ordenaba la sumisión incondicional del deseo a la ley, nosotros lo reconciliamos con el placer y el self interest”, escribió Lipovetsky y nosotros lo traemos aquí para pintarnos tal cual.

Sí, a esto se puede oponer el hecho de que en el Valle de México no se tiene un sistema de transporte limpio y eficaz y por eso preferimos el auto particular. Pero esto nos lleva a la figura del perro que se corretea a sí mismo buscando morderse la cola, terminando en un cansancio inútil (no para el can, para nosotros).

Un paso al frente, darlo por uno y por los otros. De eso se trata en casos como este, con una autoridad que sigue extraviándose aunque avanza en sus diagnósticos, y con la necesidad imperiosa de cuidar nuestra casa común; esperar a que el metro o el trolebús o el microbús mejoren puede ser la diferencia entre actuar o meter la cabeza bajo la tierra.


fvs10@hotmail.com

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