lunes, julio 13, 2026

Economía del desequilibrio

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Juan Danell Sánchez

Más allá de la locura belicista del imperialismo que amenaza y abre frentes de guerra por aquí y por allá, para afirmar la presencia de su poder y en su imaginario sentirse el dueño del mundo; el capitalismo enfrenta dos grandes problemas nada sencillos de resolver y creados por él mismo: lo que considera el rezago del capital humano y el acelerado envejecimiento de la población mundial, ambos tienen en jaque a las economías y mercados del planeta. Cosas muy difíciles de superar mientras se mantengan las estructuras socioeconómicas y políticas que prevalecen en este esquema de una economía del desequilibrio.

Las sociedades, los gobiernos y países se reproducen en una compleja inestabilidad. La humanidad coexiste en una economía del desequilibrio, rota por su lógica de acumulación de riqueza y de la ganancia, del valor que se genera en la producción y se expresa en cada movimiento de mercancías, vaya en el intercambio, dónde se privilegia el valor que se puede atesorar y obtener de las cosas, por encima de la vida de las personas.

Al mismo ser humano se le tasa por el valor que puede producir con su trabajo. Es decir, vale por lo que produce, no por lo que es. Para la economía del desequilibrio es más valiosa una persona con grandes capacidades para elevar la productividad en los procesos, que aquella que se ve limitada por deficiencias físicas, cognitivas y culturales, que son resultado por sí mismas del desequilibrio de la economía, puesto que las carencias y restricciones en alimentación, educación y atención de salud conllevan a esas limitaciones en lo que el sistema llama capital humano, que se define como las capacidades plenas de las personas para optimizar los resultados de su trabajo y que sólo se logra con una buena alimentación, educación o capacitación para el trabajo y salud. Lo uno lleva a lo otro.

Pero en la economía del desequilibrio, sólo una pequeña parte de la sociedad tiene acceso a esos beneficios que debieran ser patrimonio de la humanidad. Y esto se debe a la disparidad y asimetría en los ingresos. En la geografía económica mundial los países se clasifican como pobres y ricos, desarrollados y subdesarrollados, industrializados y emergentes. Las estadísticas de Naciones Unidas y organismos financieros internacionales precisan que mil cien millones de personas viven en pobreza extrema y sobreviven con un ingreso de tres dólares al día, a los que se suman tres mil 800 millones de personas en pobreza moderada que carecen de servicios de salud, de tal forma que al menos cuatro mil 900 millones de personas, de las ocho mil cien millones que conforman la población mundial, subsisten llenos de carencias y por tanto fuera de los rangos requeridos para alcanzar los niveles de capital humano requeridos para ser trabajadores óptimos. Ninguna persona en el mundo está desnutrida, discapacitada, ignorante y enferma por gusto. No, esa situación se deriva del desequilibrio en la distribución de la riqueza, que está compuesto por la ambición insaciable del poder y mezquindad de los dueños del capital y quienes estructuran las políticas públicas a modo de los gobiernos y estados inmersos y al servicio de ese sistema.

Y en todo esto algo que debe subrayarse: la alimentación diseñada para un rendimiento generalizado a modo de la fuerza laboral. Una dieta baja en fibras y proteína, y rica en azúcar suficiente para dar energía de trabajo sedentario, no de razonar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) precisa que “los alimentos y los productos alimenticios se han convertido en productos básicos fabricados y comercializados en un mercado que se ha ampliado desde una base esencialmente local a otra cada vez más mundial. Los cambios de la economía alimentaria mundial se han reflejado en los hábitos alimentarios; por ejemplo, hay mayor consumo de alimentos muy energéticos con alto contenido de grasas, en particular grasas saturadas, y bajos en carbohidratos no refinados.  Estas características se combinan con la disminución del gasto energético que conlleva un modo de vida sedentario:  transporte motorizado, aparatos que ahorran trabajo en el hogar, disminución gradual de las tareas manuales físicamente exigentes en el trabajo, y dedicación preferente del tiempo de ocio a pasatiempos que no exigen esfuerzo físico.

“Debido a estos cambios en los hábitos alimentarios y el modo de vida, las ENT crónicas –incluidas la obesidad, la diabetes mellitus, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión y los accidentes cerebrovasculares y algunos tipos de cáncer– son causas cada vez más importantes de discapacidad y muerte prematura en los países tanto en desarrollo como recién desarrollados y suponen una carga adicional para unos presupuestos sanitarios

nacionales ya sobrecargados.”

Tal desequilibrio es el motor para tener y mantener una sociedad dócil y fácilmente manipulable, pues por sistema se le mantiene mal alimentada, desnutrida, con una educación académica mínima y enferma como resultado de las permanentes deficiencias nutricionales y en la prestación de los servicios de salud pública que semejan más a talleres de reparación que a instituciones preventivas capaces de brindar la atención necesaria, suficiente y oportuna para tener una sociedad sana.

En la perspectiva del Banco Mundial se plantea que “en los países de ingreso bajo y mediano, los déficits en nutrición, educación y empleo están mermando el potencial humano y les cuestan más de la mitad de sus futuros ingresos laborales. El 50 por ciento de las mujeres siguen aún fuera de la fuerza laboral. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, perdiendo los años formativos en los que se adquieren habilidades y se definen las trayectorias profesionales. Mientras tanto, 7 de cada 10 trabajadores no reciben capacitación práctica, lo que los priva del aprendizaje continuo necesario para aumentar su capital humano. El tiempo para actuar es ahora cuando 2 de cada 3 países de ingreso bajo y mediano se están moviendo en la dirección equivocada en al menos una dimensión clave del capital humano. Los responsables de formular políticas enfrentan un desafío adicional: el rendimiento de las inversiones en las personas a menudo tarda años, en ocasiones décadas, en materializarse, lo que puede debilitar los incentivos para adoptar medidas urgentes.”

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) especifica que “problemas de malnutrición –subalimentación, deficiencias de micronutrientes y obesidad– existen en todos los países y afectan a todas las clases socioeconómicas. Los nuevos desafíos, como el cambio climático, la sostenibilidad ambiental y los rápidos cambios tecnológicos, están transformando los sistemas agroalimentarios y plantean interrogantes sobre cómo alimentar a la creciente población mundial de forma sostenible. Al mismo tiempo, el crecimiento económico desigual, las transformaciones sociales y económicas y otros factores moldean los sistemas agroalimentarios y las dietas. Como resultado, está aumentando la prevalencia del sobrepeso, la obesidad y las enfermedades no transmisibles relacionadas, mientras persisten la desnutrición y las deficiencias de micronutrientes”.

El Banco Mundial creó el Índice de Capital Humano ampliado (ICH+, siglas en inglés) para abordar este tema y “proporciona una medición clara y comparable de cómo las inversiones en las personas se traducen en productividad futura, y muestra cuánto capital humano podría acumular un niño nacido hoy desde su nacimiento hasta que alcance la edad de trabajar, en función de las condiciones de salud, educación y empleo del país en el que vive”.

En este contexto se puede explicar aquello del principio capitalista de “a mayor capital humano, mayor productividad” lo que conlleva a más valor generado en los procesos productivos que terminará en las arcas de los dueños de las empresas, no de los trabajadores; síntoma infalible de la economía del desequilibrio.

Y eso atañe directamente al segundo problema, el acelerado envejecimiento de la sociedad mundial en condiciones económico-sociales y políticas críticas. Sólo en América Latina 34.5 por ciento de los mayores de 65 años no tiene ningún tipo de ingresos. A nivel mundial, proyecciones de la OMS definen que “el número y la proporción de personas de 60 años o más en la población están aumentando, en 2019 era de mil millones. Esta cifra aumentará a mil 400 millones para 2030 y a dos100 millones para 2050. Este aumento se está produciendo a un ritmo sin precedentes y se acelerará en las próximas décadas, especialmente en los países en desarrollo”.

Con base en la experiencia de Amnistía Internacional, sobre el tema, destaca que “en la actualidad, no existe ningún tratado internacional sobre los derechos de las personas mayores. La legislación vigente ofrece una protección inadecuada y no hace mucho por visibilizar las violaciones de derechos humanos de las personas mayores”.

Y aquí de nueva cuenta un registro de la economía del desequilibrio. Estadísticas de organismos internacionales revelan que “alrededor de 80 por ciento de las personas mayores de la edad de jubilación en el mundo reciben algún tipo de pensión, ya sea contributiva (por años de trabajo) o no contributiva (asistenciales). Sin embargo, existen más de 165 millones de adultos mayores que carecen de ingresos o pensiones. Además, la cobertura presenta enormes contrastes regionales: países de ingresos altos: cerca de 90 por ciento reciben una pensión, con sistemas consolidados en regiones como Europa, Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. En países en desarrollo, esta proporción cae drásticamente. En grandes sectores de África, Oriente Medio y el Sudeste Asiático, menos de 30 por ciento de la población mayor cobra una pensión, llegando a cifras inferiores a 20 por ciento en las naciones más pobres. En América Latina, alrededor del 50 por ciento de los adultos mayores de 65 años no reciben una pensión o jubilación”.

Amnistía Internacional plantea que “una persona mayor puede sufrir discriminación en el lugar de trabajo. Un empleador puede suponer que una persona de edad avanzada es incapaz de controlar las nuevas tecnologías o que estará más días de baja laboral que las demás. La discriminación basada en la suposición de que todas las personas mayores padecen enfermedades crónicas afecta a cualquier persona de edad avanzada, tanto si tiene una discapacidad real como si no”.

Esta economía del desequilibrio aleja cada vez más la posibilidad de llegar a una sociedad con justicia social, económica e igualdad generalizadas. Ha convertido la reproducción humana en una sociedad solo para producir, en la que el individuo vale por su rendimiento para ese fin y crear riqueza, que nunca llegará a ser suya; ya que está concentrada por los dueños de los medios donde se genera y también son dueño de quienes la producen, a los que lleva a enfrentarse entre ellos en una contienda del Ser productivo por sí mismo: Ser productivo, Ser reconocido, Ser en pertenencia, y el pequeño segmento de la sociedad que conforma a los dueños del capital es el que determina cómo y de qué manera tiene que funcionar el todo social.

 Así, por citar un ejemplo, a través de campañas de mercado crea y renueva necesidades constantemente sobre el mismo producto y las presenta no como necesidades creadas, sino como soluciones a problemas que el mismo sistema generó –aunque claro esto no lo dicen en la publicidad–, para llevar a la masa a consumir determinados productos o mercancías que en este caso pasan por alimentos y que son aprobados, bajo los intereses de las empresas fabricantes, por los gobiernos que coyunturalmente los dan por “alimentos sanos y nutritivos”, y que más adelante cambian esa percepción en un círculo vicioso. En diferentes momentos se ha dicho que la leche materna es la mejor fuente de vida para los recién nacidos, por encima de las fórmulas lácteas; pero hay registros de campañas mercadotécnicas en ese sector en las que dicen lo contrario y han sido aprobadas por los gobiernos.

Y así como ese caso, sucede con todo lo que consumen las personas. Solo de esa forma, estimulando el consumismo la economía del desequilibrio mantiene activos los mercados, sin importar si con ello se rompe todo posible equilibrio en las relaciones humanas y con la naturaleza. Con ese esquema se consume sin razonar en el valor de una mercancía; en apariencia se compra por el uso que se le va a dar, porque así lo dictan las campañas mercadotécnicas, aunque en la realidad ese objetivo sea algo fugaz  y lo que sí representa para el consumidor es un gasto innecesario que lo limitará en su poder de compra para bienes que sí requiere, pero ese valor de la mercancía que, se expresa al momento del intercambio, es decir en la compra-venta, y que no razona el consumidor y está oculto a su ver y entender, y que se traduce en ganancia, es el que va a aumentar la riqueza del empresario  y este es el objetivo fundamental de ese proceso, de la economía del desequilibrio.

Así se reproduce una sociedad dócil, servil, donde el Ser está diseñado para producir y consumir, consumir y producir, en un mecanismo automático irreflexivo. Seres movidos por impulsos reducidos a las percepciones primarias de los sentidos, alucinados por estímulos fugaces repletos de información impensada por deficiente involuntaria, sumergidos en la artificial sabiduría algorítmica. Revertir este proceso es posible, aunque, como reconocen los organismos internacionales, puede llevar siglos. En algún momento de este tipo de desarrollo, el desequilibrio será tan agudo que terminará por romperse y dar paso a nuevas formas de reproducción económica, social y política de la humanidad.

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