El virus del capital

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FOTO: SOStenible.com
Por Juan Danell Sánchez

A vuela tinta, como si ésta pudiera en realidad volar, pero que en el papel debiera ser lo que sale de la cabeza de manera espontánea, esporádica, no del pensamiento; porque eso es algo muy profundo, y esto más bien es trivial, acorde a las personas inmersas en una realidad inmediata etérea, improvisada, neófita, que está ahí y sólo se ve en las llamadas redes sociales, pero tiene resultados contundentes en la vida de las sociedades y los Estados, más para mal que para bien del desarrollo armónico de la humanidad.

Tampoco se puede decir que esa realidad se lee, porque en las redes sociales no se puede leer, sólo se ve un montón de signos ajustados a una intención de transmitir algo: graficado eso, la mayor de las veces, porque utilizan una nueva simbología para codificar en la pereza de escribir los mensajes que consideran doctorales, tesis irrefutables que emanan de su ignorancia alimentada en las propias redes o en las consultas banales que hacen en internet. Pero en realidad son una expresión clara de la debilidad para pensar: y no es que redactar requiera del gran esfuerzo, pero sí exige de una disciplina de pensamiento que permita la claridad de lo que se quiere decir de manera gráfica, escrita, ética y veraz.

No, las redes sociales Facebook, Twitter e Instagram, dicen los propios usuarios, son para la trivialidad, la chacota y nimiedad de la vida cotidiana y anhelante de las personas. De lo que ahí aparezca sólo una pequeñísima parte puede ser un tema honesto. Sin embargo, tienen gran relevancia las desinformaciones y mentiras. Estas herramientas de la tecnología de la comunicación son el instrumento perfecto para hacer de la mentira una metamorfosis de la verdad y hacer de ésta una crisálida en la que nadie pueda confiar.

Y así, con esas nuevas herramientas taxativas y castrantes del pensamiento y la imaginación, todos los días quienes deseen ser modernos, actuales y, sobre todo, populares se clavarán, textualmente se clavarán, como el Cristo en la Cruz, en el teléfono celular para darse vigencia etérea, imaginaria, como valor de mercancías que se mueve por la predisposición del mercado. No podría ser de otra forma, aunque se alegue contar con un millón de amigos a los que sólo se les ha visto por los pequeños monitores y con los que se puede “conversar” aunque no hablen el mismo idioma.

Es la nueva forma de relacionarse de los seres humanos, solo de una parte de la sociedad mundial, la otra, dicen, vive en la ignorancia y prácticamente no existe por no estar en esas redes, hasta ahora como el agua: inodoras, sinsabores e incoloras, aunque no transparentes en el estricto sentido de la palabra.

Las redes sociales han madurado lo suficiente su proyecto de manipulación, como herramienta fundamental para manipular y someter a la sociedad global y, con ello, posicionar en la superestructura de la sociedad, en cuestión de segundos, los intereses más profundos del capital: perpetuar la tasa de plusvalía por encima de la existencia humana. Esto queda claro con la coyuntura que vive el mundo en el 2020, veinte veinte cabalístico por las dimensiones aún fuera de todo pronóstico y proyección para el futuro inmediato del mundo, pero que para el sistema capitalista ya está calculado y determinado.

Baste preguntarse en qué momento surge una crisis de salud pública global como la que se ha desatado con el Coronavirus o COVID-19, que amenaza, afirman en las redes, la existencia humana, dicho por los organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), las Naciones Unidas (ONU), Banco Mundial (BM), Fondo Monetario Internacional (FMI), entre los más representativos, por citarlos de alguna forma al ser quienes manejan los destinos de la humanidad y son instrumentos al servicio del capital, es decir de las grandes multinacionales que dominan al mundo.

A dos meses de la aparición de la pandemia la OCDE emitió un comunicado con la advertencia de que “el coronavirus Covid-19 presenta el mayor peligro para la economía mundial desde la crisis financiera, se afirma en las más recientes perspectivas económicas provisionales.

“El COVID-19 se propaga desde China a otras regiones, ocasionando sufrimiento humano y agitación económica. Genera problemas de salud y el riesgo de mayores restricciones para el traslado de personas, bienes y servicios, bajas en la actividad comercial y en la confianza de los consumidores, así como desaceleración de la producción.

“Las Perspectivas Económicas Intermedias presentan tanto un escenario que aplicaría en el mejor de los casos, en el cual la magnitud del coronavirus se contiene ampliamente, como una perspectiva de “efecto dominó” de contagio más extendido.

“Aun en el escenario más optimista de brotes limitados en países fuera de China, se espera una pronunciada desaceleración del crecimiento mundial en el primer semestre de 2020, a medida que las cadenas de suministro y los productos básicos se ven afectados, el turismo baja y la confianza decae. Se prevé que el crecimiento económico mundial bajará a 2.4% para todo el año, en comparación con un ya débil 2.9 % en 2019.  Después se espera que aumente a un moderado 3.3% en 2021”.

El organismo internacional encargado del comercio advierte que “las medidas de contención y la pérdida de confianza afectarían la producción y el gasto, y llevarían a la recesión a algunos países, incluidos Japón y los pertenecientes a la zona euro”.

Al presentar las Perspectivas Económicas Intermedias de la OCDE en París, la Economista en Jefe de este organismo, Laurence Boone dijo: “El virus amenaza con asestar un nuevo golpe a una economía mundial que ya se había debilitado por tensiones comerciales y políticas. Es preciso que los gobiernos actúen de inmediato para contener la epidemia, sustentar el sistema de atención a la salud, proteger a las personas, apuntalar la demanda y ofrecer un salvavidas financiero a las familias y las empresas que resulten más afectadas”.

En febrero, Oscar Ugarteche, Investigador titular del IIEc-UNAM, y Armando Negrete, Técnico Académico en la misma institución, advirtieron en un artículo publicado en la agencia alai-amlatina, que “el curso de la guerra comercial que EE. UU. emprendió contra China, desde enero de 2018, ha vuelto a cambiar. Al inicio, con el propósito de corregir un inmenso déficit comercial, de más de 793 mil millones de dólares en 2017 (equivalente al PIB de Bélgica y Portugal sumados) Trump lanzó una guerra arancelaria contra la economía exportadora más dinámica desde 2009: China.

“El objetivo no sólo era reducir el déficit comercial con esta economía, sino debilitar su dinámica de crecimiento económico, 6.7%, y reducir su creciente participación en el mercado exportador, 13% de las exportaciones totales, en 2017. Sin embargo, el resultado no ha favorecido a EE. UU. y ha sido adverso al orden internacional multilateral”.

En los primeros días de marzo Banco Mundial publicó un artículo en el que plateó que “si bien en el mundo la pobreza extrema está disminuyendo, en los países afectados por fragilidad, conflictos y violencia (FCV) va en aumento. Se estima que, para 2030, hasta dos tercios de las personas extremadamente pobres del mundo vivirán en esos sitios. Estos desafíos amenazan con echar por tierra los esfuerzos dirigidos a poner fin a la pobreza extrema, y afectan tanto a los países de ingreso bajo como a los de ingreso mediano”. Es decir, alrededor de 4,000 millones de los 7,500 millones de personas que habitamos el planeta.

“Los impactos sobre las personas y las economías son desoladores. Los conflictos violentos se han incrementado drásticamente desde 2010: en la actualidad son la causa del 80 % de todas las necesidades de asistencia humanitaria y reducen el crecimiento del producto interno bruto (PIB) en 2 puntos porcentuales al año, en promedio. La exclusión social y económica, el cambio climático, las desigualdades de género y de otra índole, los problemas demográficos, los flujos financieros ilícitos y otras tendencias globales intensifican esta complejidad. Los desafíos relacionados con las situaciones de FCV no respetan fronteras y a menudo derivan en crisis multidimensionales, regionales o mundiales”.

Y después de estas consideraciones, el Banco Mundial ofreció, cuando la presencia del coronavirus llegó a más de 60 países, “un paquete inicial de hasta 12,000 millones de dólares de apoyo inmediato para ayudar a las naciones que deben hacer frente a los impactos sanitarios y económicos de este brote mundial”, con el objetivo de ayudar a los países miembros del organismo a tomar medidas efectivas, y cuando sea posible, disminuir los trágicos impactos que representa la COVID-19.

Es decir, la crisis del capitalismo mundial con dos grandes actores, Estado Unidos y China, es un hecho en el que de manera coyuntural (como sucedió en 2009 con el virus H1N1 que dicen los expertos cobró medio millón de vidas, y apareció después de la crisis alimentaria y financiera planetaria de 2008), se registra una pandemia que por un lado representa una válvula de escape para los mercados saturados de mercancías que servirán para las compras de pánico, y acciona un reacomodo bursátil de las grandes empresas, que hoy están presionadas por el capital chino y de las que ya existen indicios de que los orientales se apoderaron, con la propalación del virus, del 30 por ciento de ellas. 

En todo esto México posiblemente sea un peón, que como tal lo único que puede dar es su servicio y riquezas naturales a esos intereses. Para ello tiene un Gobierno limitado a repetir como loro el guion prediseñado. Al capital lo que menos le importa son las vidas de los seres humanos, su esencia es la ganancia.

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