Embriaguez láctea

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Por Juan Danell Sánchez ⁄ FOTO: SOStenible

“Y que sirvan las otras, manque la familia sufra”, apuró a decir voz en cuello el viejo Alberto… O quizás Roberto; tal vez Gilberto. Eso nunca se sabrá: Beto murió de repente, dicen, por un embrujo equivocado, y toda su vida fue Beto para amigos y ajenos que siempre le festejaron ese sentido alegre con el que se desprendía fácil del dinero producto del jornal, en los estanquillos despoblados, remontados, y sólo al alcance de los jornaleros buenos bebedores de fin de semana y uno que otro borracho empedernido.

“Para eso uno se soba el lomo toda la semana, decía, ni modos que no se tome uno la cervecita, y manque sean diez o veinte; aquí hay un chipotón de dinero, hasta para parar el tren”, y acariciaba con brusquedad la talega que llevaba bajo la cinta prieta con que ajustaba el pantalón caqui y aseguraba la herramienta de trabajo, ese machete de cachas de baquelita marrón y filo afinado con piedra de San Jacinto.

Para los chamacos, sus hijos, cuando lo llegaban a rastrear y le caían por sorpresa a medio trago: “denles cocas hasta que se harten”, exigía con la autoridad del que trae con qué pagar y demandaba en ese momento la botana, que también iría por su cuenta; una lata de chiles jalapeños curados, de las más grandes, como de dos kilos de contenido ya con el vinagre incluido, no sea que vayan a faltar, y soltaba tremenda carcajada, altanera y desafiante.

Quienes le acompañaban el trago y la enchilada, aguantaban ahí vientos y mareas hasta que el producto del jornal de Beto se agotaba, él se caía de borracho y la doñita del tendajón los corría, a leñazos si era necesario, porque tampoco se iba a desvelar así nada más, sin ganancia alguna.

A Beto se le veía por las comunidades de la Sierra Norte de Puebla y las colindantes en esas lejanías con Veracruz, sin lugar fijo. Porque esa es la vida de los jornaleros, van como las aves migratorias, a dónde hay posibilidad de vivir.

Pero, de estos Betos, aunque posiblemente no tan espléndidos y dicharacheros, encontramos en los 800 mil puntos de venta que expenden cerveza a lo largo y ancho del territorio nacional, donde, por supuesto, se incluyen las grandes ciudades, pequeños poblados, colonias populares, barrios de clase media, bares y cantinas de lujo o de medio pelo, para el caso da lo mismo: en todos se consume cerveza, sin que asome, ni por error, el querer saber cuánta de esta bebida se consume en México en comparación con la leche que debiera ser alimento fundamental para la población infantil.

Y vale decir que, a excepción de bares y cantinas, en el resto de esos puntos de venta conviven en los anaqueles la cerveza, refrescos y leche. Algo así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que son bien aceptados por todos, y por lo mismo se disputan al consumidor por las vías de la publicidad y en las que las primeras han demostrado su eficacia y supremacía sobre la tercera bebida, que es la más importante para la sana alimentación y desarrollo humano de las personas, pero la menos consumida, no obstante ser la más barata de esa tercia.

Por litro, en precios promedio, la cerveza cuesta 31 pesos, el refresco 15.50 y la leche 16 pesos, con una clarísima desventaja ésta última: la vida de anaquel es mucho menor respeto a sus competidoras, de las que nadie se preocupa por verificar la fecha de caducidad. Que se conozca no hay denuncia ni queja por una cerveza o un refresco echados a perder. No así con la leche, que se “agría o aceda” reclaman las señoras a los tenderos y exigen la reposición del producto o devolución de su dinero.

Otro contraviento del alimento lácteo es su desventaja en el tamaño empresarial, las bebidas que le alternan en el mercado son mucho más grandes y monopólicas, lo que les permite ventajas insuperables en gastos de publicidad y distribución. Por esa razón podemos encontrar cerveza y refrescos en los tendajones más apartados y remontados del país, en montañas y desiertos, donde no llegan carreteras ni caminos transitables, pero no así la leche. Conozco personas habitantes de las serranías del Occidente y Oriente del país que nunca han tomado leche, la única que consumieron fue la materna en sus primeros 10 o 12 meses de vida. Y hasta ahí.

Pero en esos mismos lugares, en los que habitan poco más de 10% de los mexicanos, de los más pobres, no pude conocer alguien que no haya tomado alguna vez una cerveza o un refresco. Así de dispar es el consumo de estas bebidas, cuyos mercados, en el caso de la primera es superior a los 22 mil millones de dólares al año, equivalentes, sea dicho, a unos 7,500 millones de litros, en la segunda la venta es de alrededor de 15 mil millones de litros, poco más de 17 mil millones de dólares anuales.

En el caso de la leche la producción anda por los once mil millones de litros, con un valor aproximado de 2,900 millones de dólares anuales. Cifras, éstas, sujetas a cambios por los vaivenes en los precios al consumidor y comportamiento del mercado, pero que no dejan de ser de un dígito porcentual hacia arriba o hacia abajo.

Y estas historias vienen al caso por las recientes declaraciones, preocupantes por donde se les lea o se les vea y analice, de Salvador Álvarez Morán, que es presidente del Gremio de Productores Lecheros de la República Mexicana, quien advirtió que mientras el consumo de cerveza y refresco aumenta de manera sostenida, el de leche disminuye, pese a ser, como ya se dijo, un alimento fundamental para el desarrollo de los infantes y que aporta los principales nutrientes a la dieta diaria de las personas.

La diferencia en la ingesta es considerable. En referentes per cápita, los mexicanos consumimos 62 litros de cerveza, 142 litros de refresco y sólo 34 litros de leche, y aquí el precio del lácteo no puede ser pretexto para su bajo consumo, cuesta la mitad que la bebida alcohólica y está a la par de las gaseosas.

Es importante entender que aun cuando los consumidores de cerveza corresponden a un mercado diferente al de la leche en una proporción conservadora de 50%, el meollo del asunto es que el gasto familiar que se destina a comprar la primera, reduce en esa proporción la posibilidad de adquirir el alimento en cuestión.

En el caso de los refrescos, el mercado es el mismo porque abarca a los mismos núcleos de la sociedad que la leche, desde bebés hasta ancianos.

Sin duda la preocupación de los productores de leche, se deriva de la repercusión que tiene el bajo consumo del lácteo en la estabilidad y crecimiento productivo y económico de su sector. Pero tan importante como ello, y más en términos de salud y sano desarrollo humano, está el hecho de que la caída en la ingesta del lácteo tiene consecuencias letales para el futuro del país, puesto que un pueblo mal alimentado, desnutrido, es sumamente limitado, vulnerable, menos productivo y con grandes escollos en conseguir la plenitud de sus capacidades físicas y mentales.

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