Soberanía Alimentaria para cambiar el mundo*

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Por Irene León ⁄ FOTO: Ixbalanqué Danell Pérez

Ninguna alternativa para el presente y el futuro del sustento de la humanidad resulta tan certera como la Soberanía Alimentaria. Su visión, apegada a la sostenibilidad de la vida y al equilibrio ecológico del planeta, plantea a la vez una relación ineludible entre el derecho humano a la alimentación y el derecho soberano de los pueblos a definir, según criterios socio-económicos propios, sus necesidades alimentarias, sus pautas de producción e intercambio de alimentos saludables, accesibles y culturalmente apropiados.

La Soberanía Alimentaria, gestada como propuesta práctica y conceptual hace apenas un par de decenios por la Vía Campesina, se ha convertido ahora en eje articulador de iniciativas múltiples que surgen en todas partes, con ideas para poner en aplicación prácticas cotidianas y políticas, cimentadas en las confluencias entre producción y éticas de vida.

En su corta existencia histórica, la Soberanía Alimentaria ya se enlazó con las perspectivas de diversidad económica y productiva, encontró sincronías específicas con las economías del cuidado, comunitaria, popular y solidaria, y de esas coincidencias resultaron nuevas aproximaciones políticas y acciones. Es, asimismo, un aporte a la hora de pensar en una nueva arquitectura financiera internacional y en nuevos esquemas de intercambio.

Como causa de los pueblos, la Soberanía Alimentaria recorrió todos los continentes, tanto para vindicar la alimentación como creación consustancial a la diversidad de culturas, como para resistir a la producción intensiva, homogénea y de mala calidad impuesta por la industria alimentaria transnacional y el agronegocio, que detentan el poder sobre el modelo de alimentación dominante. Ese recorrido estuvo marcado por el apremio de contraponer posturas soberanas frente a los ejes definitorios de la globalización capitalista: la transnacionalización de la producción y la distribución, los gajes del libre comercio y de la legislación comercial internacional, la especulación financiera con los precios de los alimentos, los desbalances de la geoeconomía alimentaria, el incremento de la violencia en el campo.

Desde una mirada dialéctica, la Soberanía Alimentaria ha permitido evidenciar que la problemática del hambre, que aqueja a unos 800 millones de personas en el mundo, puede resolverse con adecuadas políticas redistributivas y de justicia, pues se ha demostrado, con datos y cifras, que los alimentos que se producen son suficientes para abastecer al mundo, sólo que mientras unos acaparan en exceso y desperdician, otros no tienen nada o muy poco.

La propia Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura -FAO- ha llegado a incorporar progresivamente las soluciones y planteamientos de la Soberanía Alimentaria. El reconocimiento de que gran parte del sustento mundial proviene de la pequeña agricultura y de la producción alimentaria local, que muchas veces se distribuye a través de prácticas económicas y culturales diversas, genera un importante contrapeso frente a la versión hegemónica, que pauta el diseño de políticas públicas e internacionales bajo la presunción de que sólo la industria transnacional tiene capacidad para alimentar al mundo.

En las ciudades, la visión de Soberanía Alimentaria está presente en las emergentes resistencias al consumismo, lo mismo que en el incremento de los entornos de quienes valoran los productos libres de procesamientos químicos y, sobre todo, en el despunte de enclaves de agricultura urbana, muchas veces asociados a la agroecología que, también allí, empieza a ejercerse ya no sólo como una práctica agrícola más, sino como un modo de organizar la vida. En la academia y centros especializados se han abierto nichos para investigaciones en varias disciplinas y cátedras sobre Soberanía Alimentaria, pero el escenario de disputa de los conocimientos sobre alimentación se expresa sobre todo en los espacios donde los pueblos, especialmente las mujeres, produjeron esos conocimientos, generación tras generación, y que ahora son apropiados por las corporaciones transnacionales. Un ejemplo emblemático es el de la reproducción de semillas.

En América Latina y El Caribe, la Soberanía Alimentaria se volvió elemento clave para los proyectos de cambio planteados en los últimos veinte años: se hizo definición constitucional, o ley, o plan, o política pública, o todo eso en Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua, Brasil, Cuba, República Dominicana y otros países. Tal avance se refleja también en la agenda de integración regional, así: es argumento en la visión estratégica del ALBA; fue considerada en las proyecciones de la CELAC; es parte de las perspectivas de economía alternativa de la UNASUR; e incluso el Parlamento Latinoamericano emitió una Declaración de compromisos y está gestionando un plan de trabajo para impulsar la Soberanía Alimentaria en toda la región.

Por otro lado, el reconocimiento constitucional del horizonte del Buen Vivir en Ecuador (2008) y el Vivir Bien en el Estado Plurinacional de Bolivia (2009), proyectó las implicaciones del cambio estructural asociado a la Soberanía Alimentaria hacia retos que, a más de la superación del capitalismo y del patriarcado, plantean una reorganización de la producción y del proceso alimentario en torno a la reproducción de la vida y su sostenibilidad, ya no en función de los flujos de productos y de la acumulación del capital.

En la misma línea, el Socialismo del Siglo XXI, que emerge con la Revolución Bolivariana en Venezuela (1998), fundamenta sus proyecciones en la sostenibilidad de la vida y ha colocado a la Soberanía Alimentaria como un eje de la diversificación del modelo económico. Este país ha desarrollado diversas iniciativas para disminuir la dependencia de las importaciones e incluso para procurar la autosuficiencia alimentaria a través, entre otros, de un acercamiento a la agroecología y de un inédito sistema de distribución de alimentos. Este esfuerzo le hizo merecedor en 2015 de un reconocimiento de las Naciones Unidas “por los avances en garantizar la seguridad y Soberanía Alimentaria”. Quizá por eso, paradójicamente, el secuestro y la especulación de los alimentos se ha convertido en un arma de la contrarrevolución.

América Latina y El Caribe cuenta también con el acervo de la experiencia agroecológica cubana, cuya producción a pequeña escala y de carácter redistributivo ha inspirado sendas iniciativas de Soberanía Alimentaria. Con una línea de tiempo de más de medio siglo, este país mantiene el galardón de los menores índices de desnutrición en la región y niveles de abastecimiento casi universal.

Junto a estas experiencias transformadoras perviven aquellas de países que han apostado por enfoques contrarios a los principios de la Soberanía Alimentaria, optando por una profundización de las dinámicas mercantiles. En México, por ejemplo, se han aplicado políticas que afectan directamente las capacidades propias de producción de alimentos, promoviendo su importación, lo que redunda en un abandono de la producción local y un aumento de la dependencia del exterior. Siete millones de personas sufren hoy pobreza alimentaria en ese país.

Esta breve reseña da cuenta de los considerables avances de la propuesta de la Soberanía Alimentaria, pero también de sus retos. Si bien la primavera propositiva lograda en América Latina y El Caribe en estos últimos veinte años  marca un hito y constituye un punto de llegada en términos de reconocimiento de la propuesta, su concreción depende del afianzamiento de condiciones transformadoras y del proceso de integración regional. Es preciso seguir disputando sentidos y políticas frente a unos poderes que ya no se circunscriben a las élites locales, sino que tienen que ver con la omnipotencia de las corporaciones transnacionales y del capital financiero, para quienes toda definición de soberanía conspira contra sus planes de control del mundo.

Como parte de ese modelo de control y poder, la industria alimentaria transnacional ha profundizado el acaparamiento de la tierra, del agua y de todas las fuentes de vida; mantiene el control del conjunto del proceso de producción alimentaria dominante; ha impuesto una agricultura química y hasta transgénica y formas crueles de crianza animal, de la cual resultan alimentos nocivos para la salud humana.

Peor aún, mientras los alimentos chatarra y el hambre se imponen y mundializan, el mundo campesino afronta un asedio que puede llevarle a su extinción como modo de vida, a la vez

que se está consumando un proceso acelerado de expropiación, tanto de la capacidad creativa humana de producir y procesar sus propios alimentos, como de los conocimientos y de los recursos para producirlos.

Este proyecto de control del mundo, tiene obviamente su correlato político, en el que las iniciativas de Soberanía Alimentaria planteadas en la región no tienen lugar. Así perfilados los escenarios, la disputa en ciernes es una cuestión de vida o de capital, disyuntiva en la que el pueblo organizado y sus movimientos, con sus propuestas de producción y economía diversa, con sus prácticas agroecológicas urbanas y rurales, con sus experiencias de economía popular, solidaria, del cuidado y comunitaria, y otras alternativas, están llamados a sostener y preservar una perspectiva de vida ante la dictadura del capital.

Ante tamaño desafío una propuesta de porvenir está, literalmente, sobre la mesa: la Soberanía Alimentaria, una alternativa con futuro para la humanidad.

*Documento completo en: http://www.movimientos.org/sites/default/files/1Comunicacio%CC%81n%20para%20la%20Soberani%CC%81a%20digital.pdf

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