Los Objetivos de Desarrollo Sostenible sepultados por la era Trump

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Por Juan Danell Sánchez ⁄ FOTO: Ixbalanqué Danell Pérez

Nueva York.- Si nos preguntáramos ¿Dónde estará el invierno estadunidense más crudo? No tenemos que buscar en esta ciudad conocida como la “urbe de hierro”. Aquí, cierto es que el frío cala hondo, hela los huesos, pero con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, todo el país y una buena parte del mundo permanecerán congelado por las decisiones que ha tomado, y toma, en la relación de los Estados Unidos con el resto de los países, inclusive con aquéllos que históricamente ha llamado amigos.

Esta nueva ruta que ha marcado el estadunidense sepulta los recién nacidos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que la Organización de la Naciones Unidas (ONU), en su sede neoyorquina puso en marcha apenas hace un año, asumido como el reto más ambicioso y grande que se haya planteado este organismo en el concierto de las naciones: terminar con la pobreza, las guerras, el hambre y lograr la igualdad entre géneros, sociedades y países.

Es decir, todo lo contrario del pensamiento, filosofía y objetivos del grupo de poder del capitalismo que representa Donald Trump. Lo que se empieza a vivir con la administración trumpista es el camino que ha emprendido Estados Unidos para alcanzar la supremacía como sistema de dominación absoluta sobre el resto de los países, razas, credos y pensamiento del resto del mundo, pugna por llegar a la fase superior del poder, hoy diezmado por su propio desarrollo y el de los países industrializados, que en su desenfrenada carrera por dominarse unos a otros mediante el poderío económico y bélico, saturaron los mercados con mercancías imposible de vender por la compresión en que mantienen los ingresos de las mayorías.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible nacieron como respuesta a esa crítica situación, que extrapoló la riqueza vs. pobreza como no se había visto en la historia de la humanidad. La crisis alimentaria-económica de 2008 fue un botón de muestra de lo que sucede en el mundo, que hoy enfrenta una profunda crisis financiera en la que las grandes multinacionales registran enormes pérdidas, como es el caso, por citar un ejemplo, del magnate mexicano Carlos Slim, cuya fortuna sufrió el año pasado un desplome de 27 mil millones de dólares, algo así como la tercera parte de su fortuna, de acuerdo con información de Forbes.

Y estas mediciones resultan fundamentales para entender la magnitud de la crisis que llevó a los Estados Unidos a erigir un presidente que en apariencia suene locuaz por su conducta personal y lo descabellado de las medidas que toma para resarcir el poder perdido tanto de las empresas como de la figura de Gobierno y el Estado del vecino país del Norte.

Aunque en la práctica y vida cotidiana de la sociedad eso suena un tanto abstracto, hay que reflexionar sobre el señor Trump y su discurso necio de expulsar del territorio estadunidense a los mexicanos indocumentados, y sí, a los mexicanos, porque no se refiere o dirige a los países europeos, ni centroamericanos y sudamericanos. Y así lo perciben los paisanos al otro lado del Río Bravo.

Expulsarlos, como lo hicieron los primeros inmigrantes (1620) con las tribus de naturales de las tierras estadunidenses, que les fueron arrebatas a sangre y fuego.

Pero qué van a hacer Trump y sus seguidores, si realmente cumplen sus amenazas. Quién les va a limpiar los parques y atender los foodtruck, quién va a operar las máquinas lavaplatos en los restaurantes, quién va a empujar el carro de las frutas y verduras y barrer las calles, quién va a servir en los restaurantes y lavanderías, quién va a cultivar sus campos y cosechar sus alimentos, quien les va a arreglar y resolver la vida con el “alambrito” mágico, que lo mismo sirve para puentear electricidad en una instalación doméstica, que industrial o mecánica, quién va a desazolvar los drenajes para evitar inundaciones; actividades, todas ellas, que dependen de la mano de obra inmigrante, en su mayoría indocumentada. Queda claro que la población de origen sajón no lo hará.

Quién le va a llenar el tanque de gasolina a la economía estadunidense. De dónde van a sacar otro motor tan barato que les mueva el mercado interno y apuntale el externo. Claro que esto para el séquito del pelirrojo mandatario de origen irlandés y venido a empresario del poderoso país de ese imperio decadente, carece de importancia porque su visión como gobernante está acotada por lo que los estudiosos llaman bioxenofobia: los que no son blancos de origen, no valen, no tiene derecho a existir.

En los últimos 200 años, los inmigrantes sajones construyeron una nación en la que las otras razas sólo tienen cabida como sirvientes, pero ahora se ven disminuidos en número de población, porque no fueron capaces de reproducirse al mismo ritmo de aquéllas. Y esto lo ven como un peligro inminente de perder el control del país y del mundo.

El corazón de los Estados Unidos, Nueva York, es el testimonio fiel que perdura en la historia como ejemplo de las tierras norteñas que siglos atrás, en cosa de un segundo fueron invadidas con hierro y concreto, para hacer de la planicie insular, de aquellos bosques, helados en el invierno, una estepa de rascacielos, urbana, multiétnica, a costa de la desaparición de los pueblos originarios.

Aquí los contrastes perdieron importancia por su abundancia. El ambiente se impregna del ir y venir de anhelos, necesidades, ansiedad, coraje, esperanza, apatía, zozobra, ilusión, pero sobre todo del patriotismo dogmático; esa enseñanza que se acuña en las conductas de los estadounidenses y es rezo y doctrina para esta sociedad, y aún para los inmigrantes que pelean por radicarse sin importarles que a estas alturas el grupo de poder del capital que gobierna los Estados Unidos no los quiere más en su territorio. Bandera y Constitución, son Dios y poder absoluto de la sociedad.

Son los valores fundamentales que mueven, atemorizan y disciplinan la conciencia de los estadunidenses. Son el punto en el que confluyen las ambiciones, moral, valores y el sentimiento de grandeza de quienes se asumen como estadunidenses de cepa, sean o no oriundos de esta nación.

Como si fuera posible borrar de un plumazo, como lo pretende el fiel representante del Ku-Klux-Klan, esa historia que se vive en la cotidianidad neoyorquina y que se reproduce en todo el país: embotellamientos, gente a la carrera por llegar al trabajo o algún compromiso; mendigos de todas las razas y credos en las aceras, tan harapientos como en los países pobres; limosneros que suplican una moneda y cantan o bailan para ganarla; calles bloqueadas por obras de reparación o modernización, pero que nunca terminan de aparecer por la falta de planificación urbana; transeúntes en masa moviéndose por las aceras de amplias dimensiones pero insuficientes; anuncios de ofertas y rebajas inauditas para activar el consumo compulsivo; comercio ambulante en puestos fijos y móviles que ofrecen alimentos rápidos y baratijas de todo tipo; pilas de basura en espera del camión recolector, calles pestilentes por las emanaciones de los drenajes; robos y asesinatos que llenan las primeras planas de los diarios; policías panzones y desalineados, y, claro, el glamur de restaurantes, tiendas departamentales, teatros, con la fama de ser neoyorquinos, pero no mejores que los de otras ciudades, como la de México, París, Madrid, Guadalajara, en fin.

Para los kukluxklanistas que hoy ocupan la Casa Blanca, lo anterior carece de importancia porque en su mentalidad empresarial sólo importa la ganancia, la utilidad neta en los negocios, para lo cual hay que producir riqueza para acumularla y con ello escalar en el poder para llegar a la supremacía. El ser humano pasa a último plano, sobre todo si no es de raza blanca profunda, y queda como simple operador de la tecnología que les permite sustituir miles de trabajadores con una sola máquina, que baja los costos e incrementa la plusvalía.

Hoy sorprende la forma tan descarada y cínica en que un personaje del imperialismo decadente manifiesta sus intenciones y pretensiones para mantenerse en el poder, pero no debemos llamarnos a engaño; Trump hace lo que sus antecesores, desde Washington hasta Obama no se atrevieron en el discurso, pero que hicieron con acciones igual de devastadoras y depredadoras contra los pueblos del mundo, y las disfrazaron con imágenes populistas, como las administraciones de Kenedy, Clinton, Obama.

La revista American Journal of Public Health, publicó en mayo de 2014 que desde el final de la Segunda Guerra Mundial se habían registrado 248 conflictos armados en 153 zonas del planeta, de los que Estados Unidos participó en 201. Guerras en las que se estima que 90 por ciento de las muertes fueron de civiles.

Además, la Casa Blanca mantiene al menos mil bases militares en cien países, con un gasto de un billón de dólares para su Ejército, cantidad que el Departamento de Defensa estadunidense considera insuficientes, para sostener su fuerza bélica en el mundo.

Ante esta realidad, que es el soporte de la figura presidencial hoy en la persona de Donald Trump, el más desquiciado representante del capitalismo en crisis, los Objetivos de Desarrollo Sostenible están condenados al fracaso. Lamentable para el futuro del mundo, que con este presidente estadunidense inicia un era de retroceso en los derechos elementales de los seres humanos.

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